viernes, 28 de noviembre de 2008

De delitos y delincuentes

El brutal ataque que, en nombre de la seguridad, se hace contra los jóvenes pobres e indigentes, la ferocidad con que se argumenta, la violencia esgrimida por amplios sectores de la sociedad, llama a ahondar en lo dicho y no dicho sobre la cuestión. Hoy, los delincuentes son los chicos pobres e indigentes, antes fueron los cartoneros, los piqueteros, los villeros. Alarma la intolerancia, la tendencia a la disociación, a la ruptura de la sociedad que imponen los medios. En este caso particular en la doble situación de generar opinión pero, también, haciéndose eco de la opinión, a veces larvada, de un sector social que los consume. Las posiciones se van distanciando de tal forma que ya no encuentran espacios comunes. Vivimos en ciudades que alojan individuos, familias, grupos sociales y étnicos que transitan un mismo espacio que, sin embargo, está lejos de ser un espacio común. Es un entramado de redes que intentan mantenerse aisladas unas de otras. Separadas por identificaciones y diferencias impuestas por los estándares globales. Esta coexistencia diferenciadora transforma a los espacios de intersección en puntos calientes de potencial conflicto, competencia o confrontación. Diferenciación que hace inmensa la distancia de lo contiguo. La intolerancia como consecuencia pero también como motor diferenciador.

Revisitar textos de M. Foucault me permite hacer algunas reflexiones sobre la actualidad. “Ha sido absolutamente necesario constituir al pueblo en sujeto moral, separarlo pues de la delincuencia, separar claramente el grupo de los delincuentes, mostrarlos como peligrosos, no sólo para los ricos sino también para los pobres, mostrarlos cargados de todos los vicios y origen de los más grandes peligros. De aquí el nacimiento de la literatura policíaca y la importancia de periódicos de sucesos, de los relatos horribles de crímenes.”

Dos vertientes de esta afirmación: Por un lado, el rol de los medios audiovisuales y escritos convertidos, como esos antiguos periódicos de sucesos editados en papel amarillo, en órganos de difusión de los intereses burgueses hace innecesaria la literatura policíaca. Estos medios, los que están a cada momento en contacto con la mayoría de la población, muestran con placer y regocijo los peores y más morbosos detalles de los crímenes en tanto cometidos por aquellos que sea necesario mostrar como peligrosos agresores (externos) del orden social establecido. No perfilan un discurso moralizador en los términos de los preceptos impuestos desde, por ejemplo, las religiones. Definen los límites del bien y del mal en función de las propias reglas de sus intereses. Es cierto que nada diferente de esas otras imposiciones morales. Delinean así, simultáneamente, la imagen del delincuente y la del delito. Configuran con este conjunto de hechos y personas el universo de lo delictivo y lo ubican en el margen. Así, todo lo que está en las pantallas es delito y todo lo que no está, no lo es. Todos los que aparecen son delincuentes (niños y adolescentes pobres, villeros, cartoneros, etc.) para afirmar que los que no están no lo son. Por tanto, instalan entre la comunidad la preocupación por no ser identificado como pertenecientes a ese conjunto que aparece en las pantallas e invisibilizan prácticas corruptas corrientes. Por ejemplo, los crímenes contra las personas (que trascienden, ya que violaciones, violencia doméstica y otras formas de abusos no salen a la opinión porque son resueltos en esos mismos espacios) cometidos en ambientes acomodados forman parte del universo de lo íntimo mientras que los que ocurren en sectores pobres son problemas sociales. Ser o parecer perteneciente a ese conjunto de “marginales” es un riesgo. Aquí comienza un juego de identidades e identificaciones que polarizan y que, en el caso de los más pobres dividen al grupo social y, en el caso de los ricos o con pretensión de serlo los cohesiona y, a su vez, produce grandes distancias entre grupos.
Finalmente todo resulta en un juego de poder y consolidación de los intereses de los poderosos que inundan y colonizan el espacio de interpretaciones con sus propios lenguajes. “La burguesía no se interesa por los locos, se interesa por el poder, no se interesa por la sexualidad infantil, sino por el sistema de poder que la controla; la burguesía se burla completamente de los delincuentes, de su castigo o de su reinserción, que económicamente no tienen mucha importancia, pero se interesa por el conjunto de los mecanismos mediante los cuales el delincuente es controlado, seguido, castigado, reformado, etc.” Qué mecanismos ponen en juego los sectores medios que se identifican con los poderosos (del mundo) y se diferencian de los más humildes puede ser una verdadera punta de análisis para abordar. Está íntimamente ligado a la identificación política y forma parte de la batalla que el peronismo ha perdido a lo largo de su historia.

viernes, 17 de octubre de 2008

Cambio, Cultura y Sujeto (de cambio)

Podríamos decir que un hecho cultural es aquel que no responde al impulso del "instinto" del ser desnudo y produce un cambio en el espacio humano y que cultura es el conjunto de lazos que sujetan (o transforman en sujeto) al ser humano. Algo así entre ambiguo y tautológico.

Las más de las veces, la cultura actúa como resistencia al cambio. La instalación de la cultura conservadora e individualista impuesta durante 30 años de "Proceso" con sus versiones de terror de estado y seducción de los sectores medios operada en el período de dictadura militar o sólo por seducción durante el menemismo, se ha instalado como valla a cualquier proyecto transformador. Es así que, muchas veces, la progresía declama cambios rompiendo, desde su discurso, los lazos conservadores de su propia cultura. A veces no alcanza siquiera a romper esos lazos y, entonces, levanta una voz de crítica, reniega de su propia imposibilidad sin atacarla.

Sin embargo, esa cultura conservadora resiste. Ya sea en uno u otro límite discursivo, lo dicho no se corresponde con lo hecho. Esta disociación tiene dos efectos bien marcados. Genera frustración (que debe canalizarse por la crítica a "los otros") por alienación y refuerza la resistencia.

¿Cuáles son los límites autoimpuestos para aportar a un cambio? ¿Hasta dónde expongo mi propia situación en función de un bien común? ¿Cuánto estoy dispuesto a ofrecer?

Si no se vislumbró hasta ahora, quiero decir que estoy hablando de cambio, cultura y sujeto en los servicios públicos de salud. Quiero discutir cuánto nos toca a cada uno de los actores que, como agentes de derecho a la salud, trabajamos para la sociedad (el pueblo, digámoslo). Cuánto nos hacemos los distraídos delegando resposabilidades y cargando culpas en otros.

lunes, 4 de agosto de 2008

Pierre Bourdieu La miseria de los medios* (extracto)

¿Existir es aparecer en la radio o en la televisión?

Actualmente, nadie puede iniciar una acción sin el apoyo de los medios. Tan simple como eso. El periodismo termina dominando toda la vida política, científica o intelectual. Habría que crear instancias en las cuales investigadores y periodistas se critiquen mutuamente y puedan trabajar en conjunto. No obstante, los periodistas son una de las categorías más susceptibles: se puede hablar de los curas, de los patrones e incluso de los profesores, pero sobre los periodistas es imposible mencionar las cosas que llegan a hacer...

¡Es el momento de decirlo!

Hay una paradoja de base: es una profesión muy poderosa, compuesta por individuos muy frágiles. Allí se produce una notable discordancia entre el poder colectivo -considerable- y la fragilidad estatuaria de los periodistas, que se encuentran en una posición de inferioridad tanto respecto de los intelectuales como de los políticos. A nivel colectivo, los periodistas arrasan. Desde el punto de vista individual, están en constante peligro. Constituye un oficio muy duro -no por azar hay allí tanto alcoholismo- y los jefecitos son terribles. No sólo se quiebran las carreras, sino también las conciencias, lamentablemente. Los periodistas sufren mucho. Al mismo tiempo se vuelven peligrosos: cuando un ámbito sufre, termina transfiriendo su dolor hacia afuera, bajo la forma de la violencia o el menosprecio.

*Diálogo con François Granon, publicado en Télérama el 15 de febrero de 1995.
PIERRE BOURDIEU Pensamiento y acción
Libros de Zorzal, 2002


sábado, 17 de mayo de 2008

DICE "LA NACIÓN"... DICE "LA PRENSA"

ARTURO JAURETCHE, MANUAL DE ZONCERAS ARGENTINAS
Zoncera N° 37
CUARTO PODER
Mi infancia pueblerina creyó que el cuarto poder era español y republicano. Y muy valiente, pero muy débil, es decir que era poder, pero poco. Más bien que un cuarto poder, un poder de cuarta, muy inferior al sargento Cárdenas, que era el habitualmente encargado de llevarlo preso al "gallego" o a los hermanos Ávila, que atendían los empastelamientos y las garroteaduras persuasivas.
Tema inevitable del sainete o de cualquier cuento de "pago chico", el periódico y el periodista de campaña representaban la libertad de prensa que algún día se habría de lograr pese a la prepotencia de los comisarios y matones.
Mi experiencia de periodista me dice que aún no se ha logrado y que es cada vez más difícil, aunque ahora sean otras las técnicas de los que insensiblemente gobiernan realmente y no en apariencias.
No voy a hacer la historia de los periódicos que me ha tocado dirigir, fatalmente clausurados por los variados Conintes y estados de sitio, que al fin y al cabo no son más que formas estilizadas y con apariencia jurídica del sargento Cárdenas y los hermanos Ávila.
Ahora el cuarto poder existe, y yo diría que es el primero, sólo que no tiene nada que ver con la libertad de prensa y sí mucho con la libertad de empresa.
Hace mucho que el cuarto poder no está constituido por aquel súbdito español, y por añadidura republicano, que conoció mi infancia atravesando la plaza del pueblo con rumbo a la comisaría, gritando sus protestas bajo los empujones del sargento Cárdenas. No sólo ha cambiado el cuarto poder, sino que también muchos periodistas republicanos españoles que andan por ahí conchabados y por encargo de sus patrones son empujadores de sargentos Cárdenas, o se encargan de hacer bulla en otro lado para facilitarle la tarea.
El cuarto poder está constituido en la actualidad por las grandes empresas periodísticas que son, primero empresas, y después prensa. Se trata de un negocio como cualquier otro que para sostenerse debe ganar dinero vendiendo diarios y recibiendo avisos. Pero el negocio no consiste en la venta del ejemplar, que generalmente da pérdida: consiste en la publicidad. Así, el diario es un medio y no un fin, y la llamada "libertad de prensa", una manifestación de la libertad de empresa a que aquélla se subordina, porque la prensa es libre sólo en la medida que sirva a la empresa y no contraríe sus intereses.

Zoncera N° 38
DICE "LA NACIÓN"... DICE "LA PRENSA"
Esta es una zoncera complementaria de la de cuarto poder. Pero en este caso no se trata de
un poder de cuarta. Sobre todo, no se trató.
Esta no es una zoncera difunta como la del tirano Rosas y la piedra movediza del Tandil, porque "La Nación" no se ha caído y a "La Prensa" la volvieron a colocar sobre su base y se menea de nuevo. Sólo que están muy venidas a menos porque ya no se oye como: "Dice La Nación", o "Dice La Prensa".
"La Nación" afirma expresamente que es "una tribuna de doctrina" y "La Prensa" es la doctrina misma. Sólo que ahora, nadie se entera de cuáles son sus doctrinas, porque los editoriales no son inéditos, pero es como si lo fueran: son ileídos. Pero el lector que regularmente los rehuye,no los puede evitar a lo largo de la información, donde se dan las opiniones como noticias. Así, si leyéndolas usted no se entera de cómo ocurrieron los hechos, se entera de cómo debieron ocurrir, según la doctrina de los editoriales. De tal manera, un telegrama de La Quiaca, de Hong-Kong, París, Nueva York o Durban, contiene más doctrina que datos ciertos, sobre todo cuando los datos ciertos se dan de patadas con las doctrinas, lo que revela que en "La Nación" y en "La Prensa" ya saben qué es lo que lee el lector. Esto ha llevado a que los redactores seleccionados rellenen y adoben los telegramas, y que los que no sirven escriban los editoriales; así no es raro que los escriba algún Mitre o algún Paz. O los plumíferos que los Mitre y los Paz tienen para complacerlos en sus menesteres domésticos.

domingo, 13 de abril de 2008

Pensarnos en salud

Marx, que también dijo el lenguaje del conquistador
José Pablo Feinmann1

La intención del presente escrito es transitar por las líneas que unen y separan los polos de tensión de diferentes planos y dimensiones de la salud desde el espacio local, individual, doméstico, cotidiano, hasta el internacional, mundial o global. El propósito no es la más simple o más elaborada disquisición académica, ni siquiera la reflexión de un actor con pretensión de ubicarse en los ámbitos de las políticas debatidas en los organismos internacionales. Pensar lo cotidiano, lo diario con una mirada amplia aunque no en perspectiva. Esa mirada puede servir para orientar nuestras prácticas y, especialmente, nuestras estrategias. Debemos cambiar nuestra percepción del campo de la salud, afirmada en la visión y representación clásica, en perspectiva, y comenzar a verla y representarla con la mirada de los cubistas. Mirando en perspectiva supondremos que nuestro propio espacio se encuentra alejado de los determinantes internacionales, sin embargo, todos los planos distantes o próximos aparecen ante nosotros sin subordinarse, ahí, al alcance de nuestra mano o, más precisamente, a su alcance. Allí está, junto a nuestra práctica, la de todos los días, en cada espacio en el que intervengamos en el conflicto salud – enfermedad, el barrio, en el servicio, en la academia, en los espacios de gestión.

En este viaje intento recorrer la distancia que separa, por ejemplo, la alta política de la baja política, el realismo del idealismo, el orden internacional y el orden global, el centro de la periferia, el norte del sur y así seguir. A riesgo de desbarrancar el análisis pretendo una mirada situada en esta tierra latinoamericana. En ese sentido la frase que precede a estas líneas podría acompañarse con esta otra de la misma novela: “Yo, militante de la causa nacional y popular latinoamericana, pienso desde un espacio ontológico diferente al de Marx. Yo pienso como latinoamericano. Y América Latina es un nuevo rostro del ser, un nuevo surgimiento ontológico.”2 Esta definición nos puede ayudar a pensarnos en situación para, de esa forma, evitar ser sólo pensados por otros. Intentar, así, despojarnos de la subordinación al pensamiento hegemónico, aún aquel que nos resulta grato, cercano (como lo es Marx para el personaje que se expresa así en la novela), para construir una mirada propia. Más aún, reflexionar sobre la propensión de nuestros sectores medios y altos, origen, en general, de nuestros profesionales, a adoptar en forma acrítica escuelas de pensamiento, ideologías, conocimientos y tecnologías.

Intento enunciar un nosotros latinoamericano en el mundo proyectando lo cotidiano al campo de las relaciones internacionales. Vale una consideración sobre lo internacional. Las palabras quedan atrapadas por el momento histórico en que son acuñadas y, a su vez, lo representan. Lo internacional y, por tanto, las “relaciones internacionales” hoy exceden a las naciones - estado. Para Rosenau, “las relaciones internacionales comprenden intercambios sociales, culturales, económicos y políticos que se dan tanto en situaciones ad hoc como en contextos institucionalizados”3. No están reducidas a las relaciones mantenidas entre gobiernos estatales4 y, fundamentalmente, tampoco responden siempre a sus intereses. Parecería que sólo EEUU congenia estado y nación para aunarla, a su vez, con la idea de imperio global. De allí que las primeras escuelas de pensamiento en el campo de las relaciones internacionales se hayan desarrollado en ese país o, en todo caso si consideramos los antecedentes británicos, donde más se han desarrollado. El debate dilemático entre realistas e idealistas, desde la perspectiva latinoamericana no tiene otra resolución que la supremacía de los realistas y neo-realistas. El campo en el que juega un realista se transforma, solo por ello, en un espacio dominado por esa escuela. Obliga a todos los actores a pensar como realistas para no caer en la ingenuidad. Por otro lado, un realista jugando inunda todos los espacios de realismo y, así, los ámbitos de cooperación internacionales que se sustentan en discursos idealistas, por ejemplo, serán objeto de presiones explícitas o solapadas en función de intereses específicos capaces de desbaratar cualquier iniciativa que atente contra ellos. A pesar de miradas ingenuas “¿La globalización es, realmente, una nueva maldición occidental? De hecho, no es ni nueva ni, necesariamente occidental; y no es una maldición”5, el proceso contemporáneo de globalización es consecuencia y razón de un nuevo orden mundial que fija posiciones de privilegio a los países dominantes con la profundización y extensión del neoliberalismo de las últimas décadas del siglo pasado.

Es cierto que la globalización es también un fenómeno cultural, un pintor cubista, un cuerpo de masa inconmensurable que deforma el espacio y el tiempo a su alrededor desafiando nuestra concepción clásica, nuestra percepción, nuestra representación del mundo. También, y esto con fuerte impacto en las sociedades latinoamericanas, genera la ilusión de pertenencia a un espacio que llega por los medios masivos, deslocalizados y concientemente neutro, identificable por sus aspectos exteriores, marcas, gestos, imágenes.
La realidad de nuestros países se deforma, así, en consecuencia a la nueva representación del mundo. Mientras las imágenes recorren el mundo instantáneamente a través de las tecnologías globalizadas, nuestros pueblos se desplazan buscando acercarse a ese mundo globalizado que le muestran esas imágenes. Migran desde la periferia al centro, desde nuestros países a los países centrales pero también dentro de nuestra geografía. La migración interna se lleva a cabo recorriendo grandes distancias que separan países o provincias pero el flujo predominante es desde el espacio rural al urbano. Lo urbano como expresión del mundo de hoy. ”América Latina vive un desplazamiento cualitativo –en menos de 40 años el 70% que antes era rural está hoy en ciudades, quedando sólo un 30% en el campo- sino el indicio de la aparición de una trama cultural urbana heterogénea, esto es formada por una densa multiculturalidad que es heterogeneidad de formas de vivir y de pensar, de estructuras del sentir y de narrar”6. Así, las ciudades alojan individuos, familias, grupos sociales y étnicos que transitan un mismo espacio. Espacio que, sin embargo, está lejos de ser un espacio común. Es un entramado de redes que intentan mantenerse aisladas unas de otras. Separadas por identificaciones y diferencias impuestas por los estándares globales. “Hoy, nuestras identidades –incluidas las de los indígenas- son cada día más multilingüísticas y transnacionales y se constituyen no sólo de las diferencias entre culturas desarrolladas separadamente sino mediante las desiguales apropiaciones y combinaciones que los diversos grupos hacen de elementos de distintas sociedades y de la suya propia.”7 “Para los que económicamente pueden, la imbricación entre televisión, informática y telefonía celular produce una alianza entre velocidades audiovisuales e informacionales que hace de telepolis al mismo tiempo una metáfora y la experiencia cotidiana del habitante de una ciudad-mundo cuyas delimitaciones ya no están basadas en la parcelación de interior/frontera/exterior sino en las estructuras reticulares de los flujos e intercambios informativos, sean estos laborales, lúdicos u hogareños.”8 Esta coexistencia diferenciadora transforma a los espacios de intersección en puntos calientes de potencial conflicto, competencia o confrontación. Diferenciación que hace inmensa la distancia de lo contiguo.

En el entramado internacional queda evidente el doble valor que tiene la salud. Mercancía o derecho. “La salud en la medida en que se convirtió en objeto de consumo, en producto que puede ser fabricado por unos laboratorios farmacéuticos, médicos, etc., y consumido por otros -los enfermos posibles y reales- adquirió importancia económica y se introdujo en el mercado.”9 Aquí es donde se entrelazan los intereses jugados en el espacio de nuestras realidades pero en el alcance mundial, global tanto en la alta política de los intereses económicos como en la baja política. Esta doble dimensión hace que el campo de la salud en el mundo ocupe todo el continuo de las políticas y relaciones internacionales y es así que cada práctica médica es un acto de salud internacional en su doble dimensión.

El ejercicio profesional en el campo de la salud en nuestros países está atravesado por las dimensiones de la salud y las tensiones entre la realidad local y el orden global. Se reproducen en este ejercicio las condiciones sociales y culturales de nuestras sociedades cuando los actores pertenecen a diferentes sectores. Diferencias que se verifican también hacia adentro de los trabajadores del sector superponiendo y entrecruzando las redes de identificación social. Ya sea en los países con servicios fragmentados o desintegrados (como la Argentina) o en países con sistemas integrales y coherentes como el caso de Brasil, la responsabilidad de la atención de las personas más pobres recae en las estructuras de servicio público financiado por los estados, ya sea nacionales o subnacionales e, incluso, por administraciones locales.

Sin importar el ámbito de su práctica, los profesionales egresados de nuestras universidades, acceden a la información globalizada, “universal” tanto por su tránsito por los claustros como por el acceso a los medios y fuentes globalizadas de información y a partir de esta condición, interpretan y se identifican con los centros de saber. La traducción, en el campo de la salud, de la identificación o subordinación de los sectores con acceso a los medios multiplicadores de la globalización a la presión de los centros de dominación económico-cultural y, por tanto, al discurso dominante de la globalización, puede hacerse evidente con lo expresado por Mario Róvere: “Para expresarlo más claramente, los servicios de salud que brindamos a nuestros pueblos se brindan con conocimiento, equipos, insumos y normas predominantemente importadas, fenómeno que es poco conocido o sobre el cual nadie llama la atención, ya que parece que lo natural es que sea así.”10 Estas prácticas se fundan, por tanto, en concepciones ancladas en los centros de saber-poder: “¿Es posible que algo se sitúe al margen del proceso histórico constitutivo de la realidad? Nuestra respuesta a esta pregunta es que si lo es, en la medida en que ocurra una situación de dependencia que genere una articulación entre clase dominante local con clase dominante central, es decir mas ligada al exterior que a los problemas y necesidades de los grupos nacionales, lo cual significa una constitución del Estado del que se intentará excluir a estos grupos dominados, lo que se manifestará en términos de un sujeto de la historia que excede al sujeto del Estado.”11 El lenguaje del conquistador infiltrado en los entramados de la sociedad reforzado por la consideración social del intérprete.

El reto de nuestras intervenciones en el campo de la cooperación entre nuestros países es, no sólo fortalecer el espacio de reflexión propia de la dimensión internacional de la salud pública sino avanzar en el análisis del saber profesional y orientarlo hacia la concepción de la salud como derecho de ciudadanía de nuestro pueblo. Como principio rector para producir un cambio en la situación de salud del conjunto de la población nuestros profesionales deberán asumir que la salud, y en particular el acceso a la atención de la salud, tanto en las prácticas de recuperación como de prevención, es un derecho de ciudadanía y que el mejor profesional es el que interpreta esta condición y se prepara par ello. El derecho positivo a la salud, debe asegurarse con énfasis entre las personas y comunidades más vulnerables pero como derecho de ciudadanía. La ponderación de las acciones debe estar fijada, en todo caso, definiendo los criterios de exclusión (quiénes no son abarcados por tales acciones si es que existe un grupo excluido). Definir una categoría o subconjunto de población como excluidos o pobres puede inducirnos a cristalizar esa condición y caer en propuestas focalizadas de mitigación en lugar de plantear la superación de condiciones que, en mayor o menor medida, responden a procesos históricos recientes o ancestrales pero que, en definitiva, no son inherentes a los grupos sociales pobres o excluidos sino que existen grupos sociales como consecuencia de ello. El objetivo es atacar la exclusión y la pobreza como fenómeno que alcanza a una parte muy importante de la población, buscando sus determinantes y procurando resolverlos. Si no lo hacemos así, sólo estaremos aumentando las distancias dentro mismo de nuestras sociedades y reforzando la globalización excluyente de comienzo de milenio.
Martín Castilla
Rosario, 5 de noviembre de 2007

domingo, 6 de abril de 2008

Espontaneidad - Organización

Como reflexión a los acontecimientos de fines de marzo y la movilización del 1 de abril de 2008 a la Plaza de Mayo en apoyo a las medidas del Gobierno:

Una vez más corremos de atrás a la verdad mediática. Los medios siembran verdades. Estos juegos de verdad que se imponen desde las significaciones de las palabras que se usan. "Pues aquí, en aquel que tiene el discurso y, más profundamente, detenta la palabra, se reúne todo el lenguaje" (Foucault, Las Palabras y las Cosas ). Una vez más debemos defender nuestra posición, nuestra convicción, nuestras certidumbres con las palabras, los marcos y los condicionamientos del "otro". Primero porque somos "el otro" de los medios así como fuimos "el otro" de los ideólogos de la teoría de los dos demonios y como fuimos (digamos la verdad) el otro del peronismo. Aún si alcanzamos a explicar y a introducir en el debate nuestra verdad será, en el mejor de los casos, "la otra verdad" o la verdad que se dice con palabras de "otro" lenguaje.

Se le da valor (y esta fue mi primera reacción de la que, ahora, me estoy autocriticando) al manifestante espontáneo y mucho más valor al manifestante espontáneo de clase media. Justamente, esta identificación entre espontáneo y clase media y el valor que se le confiere me llamó a reflexionar sobre la espontaneidad. Este valor se constituye en valor de réplica al discurso mediático. "Había otro señor, más bien de clase media, que también se había hecho su propio cartelito: "Señores de TN: Yo también soy "La Gente"" (Luis Bruschtein, http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-101693-2008-04-02.html). Contrarrestamos ese discurso con sus argumentos. Nosotros también tenemos manifestantes espontáneos de clase media que preparan carteles caseros y salen a mostrar su indignación a la plaza. Doble trampa mortal del lenguaje. Los valores puestos en la espontaneidad y la clase media.

Sin embargo, el valor que cada uno de nosotros le dimos a nuestra presencia en la plaza, junto con la primaria de estar, fue nuestra respuesta organizativa (iba a poner rápida y casi no puedo escribir más de la risa que me dio), estar no significaba tanto como estar juntos, movilizados e identificados. No se podrá decir que esperábamos trascendencia con nuestras banderas. El valor fue haber ido juntos y encontrarnos juntos allí. Estar fue estar juntos, organizados e identificados. Nosotros valoramos la capacidad de organización y, supongo que muy pero muy rara vez salimos como manifestantes espontáneos. Siempre nos sentimos con necesidad de juntarnos, de compartir, de planificar. Nuestras frustraciones se manifestaron cada vez que fuimos incapaces de hacerlo. Nuestra búsqueda no está en conseguir más espontáneos sino en alcanzar más organización. Hacer de nuestra organización un espacio de militancia y hacer nuestra militancia para alcanzar mayor organización. Sin embargo, marcamos la espontaneidad.

La otra encerrona del lenguaje, de la verdad establecida por reiteración: "Para esos caceroleros, solamente ellos son ciudadanos manifestantes conscientes y civilizados, en tanto los que se les oponen serían todos "acarreados", "matones", o "ejércitos civiles" a sueldo del Gobierno –como dijeron algunos dirigentes de la Federación Agraria en los cortes—, ladrones y narcotraficantes. El hombre del cartelito no estaba en ninguna columna y se paseó por toda la concentración para que lo leyera todo el mundo. Era una forma espontánea de dignificar su decisión de ir al acto." (Bruschtein, ibidem). Parecería que el valor está en el hombre del cartelito. Si no estuviera el hombre del cartelito, la plaza estaría "llenada" con lúmpenes acarreados por obligación, dádivas o presiones. No existe el mínimo resquicio para una decisión autónoma, ni siquiera de consciente subordinación, de aquellos que no forman la clase media independiente y espontánea de todo el país pero a imagen y semejanza de su emblema: la clase media porteña. No se ataca ni se refuta esa idea gorila, profundamente gorila y discriminadora, de que los que se movilizan orgánicamente son todo lo que se dice en este párrafo sino que se muestra al señor del cartelito. Tampoco los cronistas de los medios más cercanos (bah, digamoslo, de Página 12) hablan de hombres o señores que forman parte de la columna del Movimiento Evita, ni de los camioneros, ni del GL. Serán, en todo caso. piqueteros, patoteros o montoneros. Nunca hombres, mujeres, señoras o señores que, por no ser o renegar de ser, de la clase media, decidieron convocarse, organizarse, identificarse y marchar en defensa de un modelo de país más justo, más libre y más soberano.

sábado, 17 de noviembre de 2007

Cómo se ejerce el poder

Cómo se ejerce el Poder MICHEL FOUCAULT
El presente artículo fue tomado de la revista "LA CULTURA EN MÉXICO", Número 1204, publicado el 13 de marzo de 1985 (Suplemento de "¡Siempre!"). El artículo original en francés fue publicado en el libro "Un Parcours Philosophique" (Hubert Dreyfus- Paul Rabinow- Michel Foucault), editado por Editions Gallimard en octubre de 1984.

Para algunos, interrogarse sobre el "cómo" del poder consiste en limitarse a describir sus efectos sin ponerlos nunca en relación con una naturaleza ni con causas. Esto significa transformar este poder en una sustancia misteriosa a la que se cuidan de interrogar seguramente porque prefieren no ponerla en tela de juicio. Suponen que en todo este engranaje existe un fatalismo del cual no se ofrece explicación alguna. Pero ¿acaso su desconfianza no muestra que incluso ellos mismos suponen que el Poder es algo que existe con su origen por un lado, su naturaleza, por el otro, y, por último, sus manifestaciones?
Si concedo, por mi parte, un privilegio provisional a la cuestión del "cómo", no es porque quiera eliminar la cuestión del qué o del porqué. Es tan sólo para plantearla de otra manera. O mejor, para saber si es legítimo imaginar un "Poder" al cual se una un qué, un por qué, un cómo. Para expresarlo de manera tajante, se puede decir que iniciar el análisis por el "cómo" es introducir la sospecha de que el "Poder" no existe; en todo caso es preguntarse qué contenidos asignables puede uno describir cuando se usa el término majestuoso, globalizante y sustantificador; es sospechar que se deja escapar un conjunto de realidades demasiado complejas cuando uno se estanca indefinidamente ante la doble interrogante: ¿qué es el Poder?¿de dónde viene el Poder? La pregunta, tan llena y empírica: ¿Cómo es? utilizada para explorar el terreno no tiene como función el hacer aceptar de manera fraudulenta una "metafísica" o una "ontología" del poder, sino intentar hacer una investigación crítica en la temática del poder.
1. "Cómo", no en el sentido de "¿cómo se manifiesta?" sino "¿cómo se ejerce, qué sucede cuando unas personas ejercen su poder sobre otras?"
Primeramente es preciso diferenciar este "poder" de aquél que se ejerce sobre las cosas, y que da la capacidad de modificarlas, utilizarlas, de consumirlas o de destruirlas. Un poder que remite a aptitudes directamente inscritas en el cuerpo o mediatizadas por instrumentos. En este caso se trata de "capacidad". Por el contrario, lo que caracteriza al poder que nosotros analizamos es que pone relaciones entre personas (o entre grupos). No hay que engañarse: si se habla del poder de las leyes, de las instituciones o de las ideologías, si se habla de estructuras o de mecanismos de poder, sólo es en la medida en la que se supone que "alguien" ejerce un poder sobre otros. El término de "poder" designa relaciones entre "miembros asociados" (al decir esto no pienso en un sistema de juego, sino simplemente y permaneciendo por el momento en lo más general, en un conjunto de acciones que se inducen y que responden unas a otras).
También es necesario diferenciar las relaciones de poder de las relaciones de comunicación que trasmiten información a través de la lengua, de un sistema de signos o de cualquier otro medio simbólico. Comunicar siempre es, sin lugar a dudas, una determinada manera de actuar sobre el otro o los otros. Pero el producir y el poner en circulación elementos significantes puede tener también como objetivo o como consecuencia, ciertos efectos de poder que no son simplemente un aspecto de los primeros. Las relaciones de poder tienen su especificidad, pasen o no por sistemas de comunicación.
Por lo tanto, no se debe confundir "relaciones de poder", "relaciones de comunicación" y "capacidades objetivas". Lo cual no quiere decir que se trata de tres terrenos separados; y que, por un lado existe el terreno de las cosas, de la técnica dotada de un fin, del trabajo y de la transformación de la realidad; del otro, el terreno de los signos, de la comunicación, de la reciprocidad y de la fabricación de sentido; y por último, el de la dominación de los medios de coerción, de la desigualdad y de la acción de los hombres sobre los hombres [2]. Se trata de tres tipos de relación que, de hecho, están siempre imbricados, dándose un apoyo recíproco y sirviéndose de instrumentos mutuamente. El empleo de capacidades objetivas en sus formas más elementales implica relaciones de comunicación (ya sea que se trate de información previa o de trabajo compartido); también está ligado a relaciones de poder (ya sea que se trate de tareas obligatorias, de actitudes impuestas por una tradición o por un aprendizaje, de subdivisiones o de distribución más o menos obligatoria de trabajo). Las relaciones de comunicación implican actividades dotadas de un fin (aunque sólo sea la utilización "correcta" de elementos significantes) y producen efectos de poder por el sólo efecto de que modifican el campo informativo de quienes participan en ella. Por su parte, las relaciones de poder se ejercen, en una medida extremadamente importante, a través de la producción y el intercambio de signos; y también se pueden disociar de las actividades dotadas de un fin, ya sea que se trate de las que permitan ejercer ese poder (como las y técnicas de amaestramiento, los procedimientos de dominación, las maneras de obtener la obediencia) o las que precisa para que se lleven a cabo relaciones de poder (como en la división del trabajo y la jerarquía de las tareas).
Evidentemente la coordinación entre estos tres tipos de relaciones no es uniforme ni constante. En ninguna sociedad hay un tipo general de equilibrio entre las actividades dotadas de un fin, los sistemas de comunicación y las relaciones de poder. Más bien existen diversas formas, diversos lugares, diversas circunstancias u ocasiones en las que estas interrelaciones se establecen según un modelo específico. Pero también existen "bloques" en los cuales el ajuste de capacidades, las redes de comunicación y las relaciones de poder constituyen sistemas regulados y concertados. Sirva de ejemplo una institución escolar: su disposición espacial, el reglamento meticulosos que rige su vida interior, las diferentes actividades que se organizan en ella, los diversos personajes que viven o se reúnen allí, cada uno con una función, un lugar, un rostro bien definido; todo esto constituye un "bloque" de capacidad-comunicación-poder. La actividad que permite el aprendizaje y la adquisición de las aptitudes o de los tipos de comportamiento se desarrolla a través de todo un conjunto de comunicaciones ordenadas (clases, preguntas y respuestas, órdenes, exhortaciones, signos codificados de obediencia, signos que permiten distinguir el "valor" de cada uno de los niveles de saber) ya a través de toda un serie de procedimientos de poder (vigilancia, recompensa y castigo, jerarquía piramidal, el hecho de que sea una organización cerrada).
Estos bloques en los que el uso de capacidades técnicas, el juego de las comunicaciones y las relaciones de poder se ajustan unas a otras, de cuerdo con fórmulas pensadas, constituyen lo que se puede llamar, ampliando un poco el sentido del término, "disciplinas". El análisis empírico de algunas disciplinas tal y como se constituyen históricamente presenta por eso mismo cierto interés. Ante todo porque las disciplinas muestran, de acuerdo con esquemas artificialmente claros y decantados, la manera en que los sistemas de finalidad objetiva, de comunicaciones y de poder pueden articularse unos con otros. También porque muestran diferentes modelos de articulaciones (ya con supremacía de las relaciones de poder y obediencia, como en las disciplinas de tipo monástico o penitenciario; ya con supremacía de actividades dotadas de un fin, como en las disciplinas de talleres o de hospitales; ya con supremacía de las relaciones de comunicación, como en el caso de las disciplinas de aprendizaje; ya incluso con una saturación de los tres tipos de relaciones como en la disciplina militar, en la que una plétora de signos marca hasta la redundancia relaciones de poder rigurosa y cuidadosamente calculadas para procurar un cierto número de efectos técnicos).
Por disciplinarización de las sociedades -en Europa desde el siglo XVIII- ciertamente no debe entenderse que los individuos se hayan vuelto cada vez más obedientes, ni que tengan cierta semejanza con cuarteles, escuelas o cárceles; sino que en ellas se ha buscado un ajuste cada vez mejor controlado -cada vez más racional y económico- entre las actividades productivas, las redes de comunicación y el juego de las relaciones de poder.
Por lo tanto, abordar el tema del poder a través de un análisis del "cómo" significa efectuar diversos desplazamiento críticos en relación con el hecho de suponer un "Poder" fundamental. Es poner como objeto de análisis relaciones de poder y no un poder. Relaciones de poder que son distintas de las capacidades objetivas tanto como de las relaciones de comunicaciones. Relaciones de poder que se pueden captar en la diversidad de su encadenamiento con esas capacidades y esas comunicaciones.
2. ¿En qué consiste la especificidad de las relaciones de poder?
El ejercicio del poder no es simplemente una relación entre "miembros", individuales o colectivos. Es un modo de acción de unos sobre otros. Lo cual quiere decir, evidentemente, que no hay algo como "el Poder" que pudiera existir globalmente, en bloque o difusamente, concentrado o distribuido: sólo existe el poder que ejercen "unos" sobre "otros". El poder existe únicamente en acto, incluso si éste se inscribe en un campo de posibilidad disperso que se apoya en estructuras permanentes. Esto quiere decir también que el poder no pertenece al orden del consentimiento, en sí mismo no es renuncia a una libertad, transferencia de derecho, poder de cada uno de los miembros delegado en algunos (lo cual no impide que el consentimiento pueda ser una condición para que la relación de poder exista y se mantenga). La relación de poder puede ser el efecto de un consentimiento anterior o permanente; no está en su naturaleza propia la manifestación de un consensus.
¿Quiere esto decir que es preciso buscar el carácter propio de las relaciones de poder del lado de una violencia que será su forma primitiva, su secreto permanente y su último recurso -lo cual aparece en última instancia como su verdad, cuando se ve obligado a quitarse la máscara y mostrase tal como es? De hecho, lo que define una relación de poder es un modo de acción que no actúa directa e inmediatamente sobre los otros, sino que actúa sobre su propia acción. Una acción sobre la acción, sobre acciones eventuales o concretas, futuras o presentes. Una relación de violencia actúa sobre un cuerpo, sobre cosas: fuerza, doblega, quiebra destruye; contiene todas la posibilidades. Por lo tanto, no tiene cerca de ella otro polo que el de la pasividad; y si encuentra resistencia no tiene más remedio que reducirla. Por el contrario, una relación de poder se articula sobre dos elementos que le son indispensables para que sea justamente una relación de poder: que "el otro" (aquél sobre el cual se ejerce) sea reconocido y permanezca hasta el final como sujeto de acción; y que se abra ante la relación de poder todo un campo de respuestas, reacciones, efectos, invenciones posibles.
Es obvio que hacer uso de las relaciones de poder no es emplear exclusivamente la violencia u obtener el consentimiento. Sin duda alguna, ningún ejercicio del poder puede prescindir de uno o de otro, y con frecuencia de ninguno de los dos. Pero aunque constituyen sus instrumentos o sus efectos, no por ello se puede decir que sean su principio o su naturaleza. El ejercicio del poder puede suscitar toda la aceptación que se quiera, puede acumular los muertos y protegerse detrás de todas las amenazas que pueda imaginar. En sí mismo no es una violencia que en ocasiones logra ocultarse ni un consentimiento que renueva su vigencia implícitamente. Es un conjunto de acciones sobre acciones posibles: opera en el terreno de la posibilidad al cual se inscribe el comportamiento de los sujetos que actúan: incita, induce, desvía, facilita, amplia o limita, hace que las cosas sean más o menos probables; en última instancia obliga o prohíbe terminantemente. Pero siempre es una manera de actuar sobre uno o sobre sujetos activos, y ello mientras éstos actúan o son susceptibles de actuar. Una acción sobre acciones.
El término conduite [3] incluso con el equívoco que encierra quizás sea uno de los que mejor permite captar lo específico de las relaciones de poder. La conduite es tanto el acto de "llevar" a los otros (de acuerdo con mecanismos de coerción más o menos estrictos), como la manera de comportarse en un terreno más o menos abierto de posibilidades. El ejercicio del poder consiste en "conducir conductas" y en preparar la probabilidad. En el fondo, el poder se encuentra menos en el orden del enfrentamiento entre dos adversarios o en el compromiso de uno frente a otro, que en el orden del "gobierno". Hay que dejar a este término el amplio significado que tenía en el siglo XVII. No sólo se refería a estructuras políticas y a la administración de los Estados; sino que designaba la manera de dirigir la conducta de personas o grupos: gobierno de los niños, de las almas, de las comunidades, de las familias, de los enfermos. No sólo incluía formas instituidas y legítimas de sujeción política o económica; sino modos de acción más o menos pensados y calculados, destinados todos a actuar sobre las posibilidades de acción de otros individuos. En este sentido, gobernar es estructurar el campo de acción eventual de otros. Por lo tanto, el modo de relación propio del poder no debe buscarse del lado de la violencia ni de la lucha, ni del lado del contrato o del nexo voluntario (que a lo sumo pueden ser sólo instrumentos); sino del lado de ese modo de acción singular -ni bélico ni jurídico- que es el gobierno.
Cuando se define el ejercicio del poder como un modo de acción sobre las acciones de los otros, cuando se le caracteriza como el "gobierno" de unos hombres sobre otros -en el sentido más amplio de esta palabra- se debe incluir siempre un elemento importante: la libertad. El poder sólo se ejerce sobre "sujetos libres" y mientras son "libres". Con ello entendemos sujetos individuales o colectivos que tienen ante sí un campo de posibilidad en el cual se pueden dar diversas conductas, diversas reacciones y diversos modos de comportamiento. Cuando las determinaciones están saturadas, no existe relación de poder; la esclavitud no es una relación de poder cuando el hombre está encadenado (en este caso se trata de una relación física de coerción) sino cuando éste puede desplazarse y en última instancia escaparse. Por lo tanto no hay un enfrentamiento de poder y libertad, ni éstos mantienen una relación de exclusión (cada vez que se ejerce el poder, desaparece la libertad); sino un juego mucho más complejo: en ese juego, la libertad aparece efectivamente como condición de existencia del poder (en tanto condición previa, ya que es necesario que exista la libertad para que se ejerza el poder; tanto como su apoyo permanente ya que si se sustrajera por completo del poder que se ejerce sobre ella, éste desaparecería inmediatamente y tendría que buscar un sustituto en la coerción lisa y llana de la violencia). Pero al mismo tiempo, la libertad tiene que presentar una oposición a un ejercicio del poder que en última instancia tiende a determinarla enteramente.
Por lo tanto no se puede separar la relación de poder y la insumisión de la libertad. La "servidumbre voluntaria" no es el problema central del poder (¿Cómo podríamos desear ser esclavos?): la reluctancia de la voluntad y la intransitividad de la libertad se encuentran en el centro de la relación de poder y sin cesar la "provocan". Sería más conveniente hablar de un "agonismo" (de una relación que es de lucha y de incitación recíproca al mismo tiempo), que de un "antagonismo" esencial; de una provocación permanente, que de una oposición que los aísla en su enfrentamiento.
3. ¿Cómo analizar la relación de poder?
Se puede -mejor dicho-: es perfectamente legítimo analizarla en instituciones bien determinadas. Estas constituyen un observatorio privilegiado para captarlas diversificadas, concentradas, ordenadas y, al parecer, llevadas a su más alto grado de eficacia. Como una primera aproximación, se podría esperar que en ellas apareciera la forma y la lógica de sus mecanismos elementales. Sin embargo, el análisis de las relaciones de poder en espacios institucionales cerrados presenta algunos inconvenientes. En primer lugar, el hecho de que una parte importante de los mecanismos empleados por una institución tiene como objetivo asegurar su propia conservación comporta el riesgo de descifrar funciones esencialmente reproductoras, sobre todo en las relaciones de poder "intrainstitucionales". En segundo lugar, al analizar las relaciones de poder a partir de instituciones uno se expone a buscar en éstas la explicación y el origen de aquéllas, es decir, a explicar el poder por el poder. Por último, existe el riesgo de ver en las relaciones de poder únicamente modulaciones de la ley y la coerción, en la medida en que las instituciones actúan esencialmente a través del empleo de dos elementos: reglas (explícitas o implícitas) y un aparato que corre el riesgo de otorgarles un privilegio exagerado en la relación de poder.
No se trata de negar la importancia de las instituciones en la disposición de las relaciones de poder, sino de sugerir que más bien es necesario analizar las instituciones a partir de las relaciones de poder y no lo contrario, y que el lugar fundamental donde se asientan éstas debe ser buscado en otro sitio, aún cuando tomen formas y se cristalicen en una institución.
Recordemos la definición que afirma que el ejercicio del poder es una manera para algunos de estructurar el campo posible de acción de otros. De esta forma, lo propio de una relación de poder es que es un modo de acción sobre otras acciones. Es decir que las relaciones de poder se arraigan profundamente en la trama social y que no forman por encima de la sociedad una estructura suplementaria, cuya desaparición radical podría pensarse eventualmente. De todos modos, vivir en sociedad es vivir de manera tal que sea posible actuar sobre la acción de los otros. Una sociedad sin relaciones de poder es tan sólo una abstracción. Lo cual, dicho sea de paso, hace, desde un punto de vista político, mucho más necesario el análisis de su significación en una sociedad determinada, de su formación histórica, de los que les da solidez o las vuelve frágiles, de las condiciones que son necesarias para que unas se transformen y otras desaparezcan. Pues decir que no puede existir sociedad sin relación de poder no quiere decir ni que las que existen son necesarias, ni que de todas maneras "el Poder" constituye una fatalidad indefinible en el interior de las sociedades; sino que el análisis, la elaboración, el cuestionamiento de las relaciones de poder y del "agonismo" entre relaciones de poder e intransitividad de la libertad, es una tarea política incesante y que esto es incluso la tarea política inherente a toda existencia social.
Concretamente, el análisis de las relaciones de poder exige que se establezca un cierto número de puntos:
1. El sistema de diferenciaciones que permitan actuar sobre la acción de los demás: diferencias jurídicas o tradicionales de status y privilegios; diferencias económicas en al apropiación de riquezas y de bienes; diferencias de puestos en los procesos de producción; diferencias lingüísticas o culturales; diferencias en el "savoir-faire" y las aptitudes, etc. Toda relación de poder utiliza diferenciaciones que para ella constituyen al mismo tiempo condiciones y efectos.
2. El tipo de objetivos que persiguen aquéllos que actúan sobre la acción de los demás: conservación de privilegios, acumulación de ganancias, utilización de autoridad estatutaria, ejercicio de una función u oficio.
3. Las formas de institucionalización: éstas pueden conjugar disposiciones tradicionales, estructuras jurídicas, fenómenos de costumbre o de moda (como se observa en las relaciones de poder que presenta la institución familiar); también pueden adoptar el aspecto de un dispositivo cerrado sobre sí mismo con sus lugares específicos, sus reglamentos propios, sus estructuras jerárquicas cuidadosamente definidas, y una relativa autonomía funcional (ejemplo de ellas son las instituciones escolares o militares); también pueden conformar sistemas muy complejos provistos de múltiples aparatos, como en el caso del Estado que tiene por función constituir la envoltura general, la instancia de control global, el principio de regulación y, también en cierta medida, de distribución de todas las relaciones de poder en un conjunto social determinado.
4. Los grados de racionalización: ya que el empleo de las relaciones de poder como acción sobre el campo de posibilidad puede ser más o menos elaborado en función de la eficacia de los instrumentos y de la certeza del resultado (refinamientos tecnológicos más o menos grandes en el ejercicio del poder) o incluso en función del eventual costo (bien se trate del "costo" económico de los medios empleados o del costo "reaccional" constituido por las resistencias que se presentan). El ejercicio del poder no es un hecho en bruto, un elemento institucional ni una estructura que se mantiene o se rompe: se elabora, se transforma, se organiza, adquiere procedimientos más o menos adecuados.
Ya se entiende por qué el análisis de las relaciones de poder en una sociedad no puede limitarse al estudio de una serie de instituciones, ni siquiera al estudio de todas aquéllas que merecen el nombre de "políticas". Las relaciones de poder se arraigan en el conjunto de la trama social. Sin embargo, esto no quiere decir que existe un principio de Poder, primitivo y fundamental, que domina hasta el último elemento de la sociedad; sino que se definen formas diferentes de poder a partir de esa posibilidad de acción sobre la acción de los demás que es coextensiva a toda relación social, de las formas múltiples de disparidad individual, de objetivos de instrumentaciones que se ofrecen a los demás o a nosotros, de institucionalización más o menos sectorial o global, de organización más o menos pensada. Las formas y los lugares del "gobierno" de unos hombres por otros son múltiples en una sociedad: se superponen, se entrecruza, se limitan, a veces se anulan y en otros casos se refuerzan. Es un hecho que el estado en las sociedades contemporáneas no sea simplemente una de las formas o de los lugares -aunque sea el más importante- del ejercicio del poder, pero, de cierta forma, todos los otros tipos de relación de poder se refieren a él. Pero no es porque deriven de él. Más bien es porque se ha producido una estatización continua de las relaciones de poder (aunque en el orden jurídico, pedagógico, económico, familiar no haya adoptado la misma forma). Se podría afirmar, al referirse al sentido limitado del término "gobierno", que las relaciones de poder han sido progresivamente gubernamentalizadas, e decir elaboradas, racionalizadas y centralizadas n la forma o bajo la protección de las instituciones estatales.
4. Relaciones de poder y relaciones estratégicas.
El término estrategia se emplea usualmente con tres acepciones. En primer lugar para designar la elección de medios para llegar a una meta, se trata de la racionalidad empleada para alcanzar un objetivo. En segundo lugar, para designar la manera en que una persona actúa, en un juego determinado, en función de lo que estima que debe ser la acción de los demás y de lo que juzga que los demás pensarán de cómo debe ser la suya. En resumen, en al manera en la que se trata de tener influencia sobre los demás. Por último, para designar el conjunto de procedimientos utilizados en un enfrentamiento para privar al adversario de sus medios de combate y obligarlo a renunciar a la lucha. En este caso, se trata de los medios que tiene por objetivo la victoria. Estos tres significados se reúnen en las situaciones de enfrentamiento -guerra o juego- en los cuales la finalidad es actuar sobre un adversario de tal manera que la lucha sea imposible para él. La estrategia se define entonces por la elección de las soluciones "ganadoras". Pero es preciso tener presente que este caso es una situación muy particular y que existen otras en las que es necesario conservar la distinción entre los diferentes sentidos de la palabra estrategia.
Haciendo referencia al primer sentido indicado se puede llamar "estrategia de poder" al conjunto de medios utilizado para hacer funcionar o para mantener un dispositivo de poder. También se puede hablar de estrategia de relaciones de poder en la medida en que éstas constituyen modos de acción sobre la acción posible, eventual, hipotética de los otros. Por lo tanto, se puede descifrar en términos de "estrategias" los mecanismos empleados en las relaciones de poder. Pero lo más importante es, evidentemente, el nexo entre las relaciones de poder y estrategias de enfrentamiento. Ya que si es cierto que hay una "insumisión" y libertades esencialmente reluctantes en el centro de las relaciones de poder y que son condición permanente de su existencia, no hay relación de poder sin resistencia, sin escapatoria o huida, sin eventual capitulación. Por lo tanto, toda relación de poder implica, por lo menos de manera virtual, una estrategia de lucha. Una relación de enfrentamiento llega a su término, a su momento final (y a la victoria de uno de los dos adversarios) cuando en el juego de las reacciones antagonistas se sustituyen los mecanismos estables a través de los cuales se puede dirigir la conducta de los demás con cierta constancia y con la suficiente certeza.
Para una relación de enfrentamiento, en vista de que no es una lucha a muerte, el establecimiento de una relación de poder constituye un punto de mira –que es su realización al mismo tiempo que se suspende- . Para una relación de poder, a su vez, la estrategia de lucha constituye también una frontera en la cual la inducción calculada de las conductas de los demás no puede ir más allá de la réplica de su propia acción. Ya que no es posible que existan relaciones de poder sin puntos de insumisión que por definición se le escapan, toda extensión de las relaciones de poder para someterlos sólo pueden conducir a los límites del ejercicio del poder. Éste encuentra entonces su punto de contención ya sea en un tipo de acción que reduce a los demás a la impotencia total (una "victoria" sobre el adversario sustituye al ejercicio del poder), o bien en un cambio de los gobernados que se transforman en adversarios. En resumen, toda estrategia de enfrentamiento pretende convertirse en relación de poder, y toda relación de poder tiende, tanto si sigue su propia línea de desarrollo como si se encuentra resistencias frontales, a convertirse en estrategia vencedora.
De hecho, existe atracción recíproca, encadenamiento indefinido y derrota perpetua entre relación de poder y estrategia de lucha. La relación de poder puede convertirse en todo momento, y en algunos se convierte efectivamente, en un enfrentamiento entre adversarios. Asimismo, las relaciones entre adversarios en una sociedad, dan lugar, en cualquier momento, a la utilización de mecanismos de poder. Esta inestabilidad hace que se puedan descifrar los mismos procesos, los mismos acontecimientos y las mismas transformaciones, tanto en el interior de la historia de las luchas, como en la de las relaciones de poder y de los dispositivos del poder. No aparecerán los mismos elementos significativos, ni los mismos encadenamientos, ni los mismos tipos de inteligibilidad, aunque se refieran a la misma trama histórica y aunque ambos análisis se remitan mutuamente.
Justamente la interferencia de las dos lecturas hace que aparezcan estos fenómenos fundamentales de "dominación" que presenta la historia de gran parte de las sociedades humanas. La dominación es una estructura global de poder cuyas ramificaciones y consecuencias se pueden encontrar hasta en los más sutiles nexos de la sociedad. Pero al mismo tiempo es una situación estratégica más o menos adquirida y consolidada en un enfrentamiento de amplia duración entre adversarios. Puede suceder que un hecho de dominación sólo sea la transcripción de uno de los mecanismos de poder, o de una relación de enfrentamiento y de sus consecuencias (una estructura política que se deriva de una invasión). También puede ocurrir que una relación de lucha entre dos adversarios sea efecto del desarrollo de las relaciones de poder, con los conflictos y las escisiones que trae como consecuencia. Pero un fenómeno central en la historia de las sociedades es que la dominación de un grupo, de una casta, de una clase y las resistencias y rebeliones a que se enfrenta, revela -bajo una forma global y compacta, que se encuentra a la escala de la sociedad en su conjunto- el encadenamiento de las relaciones de poder con las relaciones estratégicas y sus efectos de causalidad recíproca.